Por Ana Dolores Verdú Delgado
Manifestar la indignación ante el tratamiento sesgado e ideologizado de la tauromaquia por parte de los medios ya es común en los blogs, aunque no por ello quiero dejar de manifestar mi opinión sobre el tema ahora que las corridas de toros han sido prohibidas en Cataluña y todos parecen tan sorprendidos. Extrañamente, el importante hecho histórico que hemos presenciado y que el filósofo Jesús Mosterín ha calificado de “triunfo de la humanidad” se nos ha transmitido como si de una catástrofe se tratara, aludiendo más a aspectos abstractos y subjetivos como la identidad nacional que a los hechos crueles en los que consiste esta fiesta.
Se ha omitido reiteradamente dar información detallada sobre el contenido de la Ley de Protección Animal y sobre las partes de ésta estudiadas en el Parlamento catalán, haciendo parecer este tema más como una confrontación de opiniones que como una cuestión jurídica susceptible de objetividad. Al mismo tiempo, se ha evitado hablar de todos los actos de violencia que ha de sufrir un toro desde que se le arranca de su hábitat hasta que se le mutila (el documental Animal de Ángel Mora es muy ilustrativo sobre este aspecto). Al contrario, a menudo los medios han pretendido reducir la tauromaquia a su cara amable, la tranquilidad del toro en la dehesa, es decir, a los pocos años en los que el animal es cuidado efusivamente en un intento por compensar la crueldad a la que será sometido después.
Tampoco se ha hablado en los medios de comunicación que tienen la obligación de informarnos de otros datos significativos como el origen de la tauromaquia, el por qué se prohibió en Europa, el por qué sobrevivió en España y en unos cuantos países de Latinoamérica, o sobre cuál es la postura de la Unión Europea al respecto. Sí nos han trasladado lo que para algunos es la cuestión de fondo: el atentado producido contra el autoasignado derecho de los seres humanos a utilizar macabramente los cuerpos de otros mamíferos para nuestro entretenimiento, queriendo hacer pasar la tiranía por libertad.
En ocasiones incluso nos han mostrado poéticamente farsas como la que opone el sentimiento a la razón, presuponiendo que sólo la parte taurina representa la pasión frente a unos fríos antitaurinos que hablamos con una lógica muy difícil de rebatir. He de cuestionar esta interpretación, somos los defensores de los animales los que sufrimos cada día ante unos medios insensibles y ciegos a la realidad actual, cada vez que tenemos que contemplar a nuestros congéneres torturando a seres que sufren y divirtiéndose a la vez. Sentimos tristeza, rabia, vergüenza, impotencia, desilusión, confusión, perplejidad, frente a los que, utilizando el discurso tradicionalista y nacionalista, lo único que sienten es el deseo de hacer dinero. No nos engañemos.
Desde luego, los humanistas españoles tenemos la batalla perdida con unos medios empeñados en elevar la ignorancia y la mediocridad a la categoría de condición nacional, como si la sensibilidad sólo tuviera cabida en cuatro líderes excepcionales sin patria.
Ocurre que, igual que el reconocimiento de los derechos de las mujeres ha supuesto para una parte de la población masculina un ataque a sus privilegios, naturalizados gracias a una identidad basada en el poder sobre las mujeres, el reconocimiento de los derechos de los animales colisiona con las identidades en las que el maltrato animal coexiste con normalidad con otros rasgos culturales, al mismo nivel. Y eso no significa que existan dos éticas, como suponen algunos medios, que podamos elegir a nuestra conveniencia.
Manipular a un ser sintiente, hacerle daño, disfrutar haciéndolo o contemplándolo y sacar un rendimiento económico de su sufrimiento no es ético, aunque algunos españoles no lleguen a percibir nunca que el animal sufre. La capacidad de ser consciente del sufrimiento ajeno se pierde con el prejuicio y la ideología que defiende interesadamente la propia superioridad. Y sólo gracias a este fenómeno, de naturaleza tan radicalmente contraria a la ética, puede subsistir la tauromaquia.