Por Ana Dolores Verdú Delgado
Antropóloga Social. Seminario Interdisciplinar de Estudios de Género de la Universidad Miguel Hernández de Elche
Artículo publicado en la revista Eco-Eco, Otoño 2010, pag 32-33
Ocurre a menudo que lo que no se representa no existe, y es por ello que las realidades que cuentan con una referencia simbólica clara disfrutan de más autoridad y legitimidad social que aquéllas que acontecen sin el amparo de la cultura[1], o incluso, en contra de ésta. La normalidad y lo que queda fuera de la norma son conceptos que aprendemos e interiorizamos en el proceso de socialización, y que necesitamos para sentirnos integrados en una sociedad determinada, aunque a menudo los signos de la normalidad no se correspondan con lo que nos dicta el sentido común o la ética.
En el caos de los símbolos, entre lo que se dice y lo que se calla, entre lo que se miente a gritos y lo que subsiste en el silencio, resulta muy fácil encontrar palabras para destacar todo tipo de defectos en género femenino y muy difícil encontrarlas en la misma proporción cuando se trata de expresar admiración y respeto hacia las mujeres. ¿Se puede llamar acaso genia a una mujer sabia? ¿O diosa a una deportista destacada? Hace mucho tiempo que la palabra diosa perdió su sentido original de creadora y protectora de los mortales para denotar simplemente belleza, si puede ser estática e impersonal, cuyos matices y medidas puedan aplicarse a todas las mujeres por igual. ¿Es natural acaso que la imagen de la autoridad moral sea masculina y la de la obediencia y fidelidad femenina? No lo creo. En los medios son, por supuesto, hombres los que mayoritariamente transmiten desde la razón, y mujeres las personas que escuchan y aprenden. En la vida real también hay mujeres que guían y hombres que renuncian a una autoridad heredada y aprenden de una mujer. Pero como no todas las realidades se representan muchas ocurren ante nuestros ojos mientras son negadas por nuestras palabras o censuradas por un imaginario colectivo dominante.
Históricamente, la construcción de este sistema simbólico con el que interpretar la realidad ha excluido a las mujeres, o bien, ha sostenido representaciones de la feminidad marcadamente ideologizadas, fenómeno que ha supuesto, entre otras cosas, la asunción del modelo masculino como única figura representativa de lo humano, ligado además simbólicamente a la razón, la heroicidad y la autoridad moral, en oposición a un universo femenino definido por la expresión de las emociones.
En la vida cotidiana, la invisibilización de las mujeres, así como el silenciamiento de la voz femenina, ha tenido consecuencias desastrosas en todos los niveles sociales, formando parte de una organización social basada en la jerarquía, la injusticia y la explotación. Las Ciencias Sociales nos describen la tradicional experiencia femenina en relación al aprendizaje de un rol social subordinado por el que las mujeres asumían el servicio a los demás en el marco de la dependencia económica con respecto al varón y en un contexto de inaccesibilidad de oportunidades y derechos para la población femenina. Por otro lado, desde la Ética del Cuidado y los Estudios de Paz, se habla de la misoginia y exclusión de lo femenino como actitud que tendría sus raíces psíquicas en el miedo a la diferencia manifiesto en la no aceptación de una subjetividad femenina libre. Esta actitud dirigida a combatir al “otro/a” es, a su vez, extrapolable a todos aquellos colectivos cuyas cualidades o intereses enfrentados al sujeto principal puedan ser también interpretados a través del esquema de opuestos resultante del miedo y la división (hombre-mujer, blanco-negro, superior-inferior).
Por supuesto, sexismo y racismo siempre han ido de la mano en un sistema ideológico muy poco preparado para la aceptación de la diversidad, sino más bien al contrario, enormemente útil para la legitimación de la lógica del ganador y el vencido, lo bueno y lo malo, lo normal y lo extraño. Las mujeres en esta lógica perdíamos, atacadas desde múltiples frentes (religión, ciencia, política, filosofía, etc.). No obstante, aunque los tiempos hayan cambiado mucho, resulta una osadía hablar en pasado sobre esta batalla ideológica contra lo femenino cuando todavía es raro encontrar mujeres en los libros de historia y es práctica habitual de los medios sociales la reducción del individuo femenino a la condición de objeto sexual, o para cualquier acción protagonizada por hombres y mujeres se emplean dos varas de medir radicalmente diferentes que tienden a ennoblecer a unos y a humillar a las otras.
Ante la fuerza con la que se ha instaurado históricamente la discriminación social de las mujeres y la notable resistencia a un cambio sustancial en la realidad efectiva (no sólo en la jurídica o económica), algunos/as prefieren pensar que la desigualdad es algo que viene dado por la naturaleza y que, en consecuencia, no se puede cambiar. Pero recordemos que en el ser humano la desigualdad se manifiesta en cada individuo, sujeto único y diferente del resto y que, por lo tanto, la asignación de estereotipos y actitudes comunes a cada género no deja de ser una interpretación cultural de la realidad, ligada a la obsesión por mantener una experiencia reduccionista de la vida, construida principalmente alrededor de la sexualidad.
La naturalización de las consecuencias que aún arrastramos de nuestra historia sexista impide que podamos imaginar un mundo en el que las mujeres sean valoradas justamente sin interferencia de su sexo. Sin embargo, yo prefiero pensar que la humanidad evoluciona y que en esa evolución acabará por hacer las paces consigo misma a través del reconocimiento de cada sujeto, de la naturaleza y de todos los seres vivos que somos producto de ella.
Bibliografía
BOURDIEU, Pierre (2000) La dominación masculina. Barcelona. Anagrama.
GEERTZ, Clifford (1996) La interpretación de las culturas. Barcelona. Gedisa.
MARTÍN CASARES, Aurelia (2006) Antropología del género. Culturas, mitos y estereotipos sexuales. Madrid. Colección Feminismos. Ediciones Cátedra.
MARTÍNEZ GUZMÁN, Vicente (2001) Filosofía para hacer las paces. Barcelona. Icaria.
SCOTT, Joan W. (1986) “El género: una categoría útil para el análisis histórico”, en J. S. AMELANG y M. NASH (eds.) (1990) Historia y género. Las mujeres en la Europa moderna y contemporánea, Valencia, Institut Alfons el Magnànim.
[1] Entiéndase ésta como el mundo de símbolos, ideas y valores que proporcionan coherencia y sentido a las acciones dadas en un contexto sociohistórico particular. Véase Adam Kuper (2001) Cultura. La versión de los antropólogos. Barcelona. Paidós Ibérica. Pp. 65-92.