Reflaccion

Revista de Ciencias Sociales

Los hombres que no amaban a las mujeres, por no decir directamente que las odiaban…

Por Ana Dolores Verdú Delgado

Parece existir una relación consistente entre la misoginia y la atracción por la prostitución y sus símbolos. Es una asociación inconsciente que explota inadecuadamente cuando el misógino insulta a una mujer (“cada vez que veo los morritos de Pajín pienso lo mismo”, dice Javier León de la Riva) o alardea de haber tenido relación con quien, por otro lado, considera despreciable (refiriéndome a la descripción del encuentro sexual de Dragó con dos menores a quienes califica de “zorritas” o “las muy putas”). ¿Cómo no insultar a las mujeres sin hacer alusión a este imaginario en el que lo femenino es corrupto y morboso, diferente a lo masculino?, ese modelo masculino que, por malicioso que pueda resultar quien lo encarna, siempre aparece ante la opinión pública con una dignidad especial, intocable, indegradable, por muy miserables que sean las intenciones del hombre de quien se hable.

El afán de algunos hombres por odiar a las mujeres merecería por su retorcimiento ser sometido a psicoanálisis (puede que estos chicos fueran abandonados emocionalmente por sus madres o dejados por la novia que les traicionó con su mejor amigo). Sin embargo, la realidad es mucho más simple. Nos enfrentamos en estos tristes ejemplos al duelo establecido entre el poder y el amor, dos impulsos básicos en la psique humana que, llevados al extremo, se contradicen.

Esto significa que el amor tenderá a suavizar las fronteras de la individualidad y nuestra necesidad de autoafirmación tendrá que convivir con una necesidad superior: el deseo de hacer feliz a otro/a como si se tratase de uno mismo.

Por el contrario, un desarrollo descontrolado del instinto de poder, además de estar detrás de un número importante de actitudes disfuncionales, conseguiría anular nuestra capacidad de amar. En todo esto hay que tener en cuenta que, como todavía las mujeres constituyen un colectivo social con un déficit considerable de autoridad simbólica, lo común será que las personas afectadas por un deseo disfuncional de poder acaben orientando sus acciones o su rabia hacia nosotras (qué le vamos a hacer, por lo menos, ya no nos pueden mandar a la hoguera por haber abierto la boca o tener un pelo demasiado bonito). Las mujeres así se convierten en un colectivo susceptible de ser odiado, por coincidir históricamente su mayor vulnerabilidad social / menor autoridad simbólica con un desarrollo exacerbado o ilícito del poder dentro de la adquisición de una identidad masculina, algo que ha sido alentado tradicionalmente por nuestra cultura machista.

Gran parte de los discapacitados emocionales hoy, como antiguamente, no han sabido manejar una desmesurada necesidad de autoafirmación y han acabado convirtiéndola en el único motor de sus vidas, reducidas a una reiterada demostración de su fantástica superioridad. Esta autoasignada superioridad encuentra alas indiscutiblemente en el imaginario de la prostitución, en el que las mujeres se configuran como objetos callados, complacientes y disponibles, pertenecientes al escalón más bajo que la sociedad puede reservar a una persona, mujeres cuyo trabajo confirma el atractivo que tiene para muchos hombres la erótica de la desigualdad, el privilegio de relacionarse con seres sin gustos propios, sin voluntad propia, que por un poco de dinero, alimentan los sueños de omnipotencia de un hombre acobardado por una subjetividad femenina libre.

Esta erotización de las relaciones dominio-sumisión acoge y tranquiliza a quienes tienen dificultades para establecer relaciones equilibradas y simétricas, en las que ambas partes se configuran como sujetos.

Muchos opinan que la liberación sexual de las mujeres ha multiplicado la violencia sexual, la pornografía y la prostitución, y tienen razón, pero no porque las mujeres hayan encontrado en cosificarse ellas mismas una vocación, sino por el significativo grupo de población masculina para el que la libertad femenina significa el fracaso de la masculinidad y que, en consecuencia, tiende a recrear situaciones en las que la mujer les pertenece y existe solamente en función de sus necesidades. Tanto la pornografía como la prostitución cumplen estos requisitos, lo que las convierte en un escenario perfecto para el crecimiento de la misoginia y de los egos aquejados de un excesivo anhelo de poder sobre los demás.

Amar, en estas condiciones, no es posible.

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2 Comments on “Los hombres que no amaban a las mujeres, por no decir directamente que las odiaban…

  1. Aylline
    27 octubre, 2010

    lo has clavao!!!!!!

  2. Oriana
    27 octubre, 2010

    Ya era hora de que las mujeres podamos expresar nuestros sentimientos de rechazo hacia actitudes machistas, porque aunque nuestro país se supone civilizado el machismo todavía está vivo y presente y después de los últimos acontecimientos parece ser que un delito tan repugnante como la pederastia resulta un acto de libertad cuando se trata de defender a un hombre con cierta notoriedad, otro gallo cantaría si el sujeto fuera un sin techo. Basta ya de hipocresía.

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This entry was posted on 26 octubre, 2010 by .

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